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Publicado el 21 abril 2020 | por Arturo García

Miguel Lluch, una vida apasionante

(Publicado en el libro homenaje Miguel Lluch, fill adoptiu de Torrent que el Ayuntamiento de Torrent publicó con motivo de su nombramiento como hijo adoptivo en 2010)

 

Un 6 de agosto en 1931 en Alboraia, nace Miguel Lluch Cerezo. Es el primero de cuatro hermanos, Carmen, Amparo y Juan. Su padre, Miguel Lluch, que fue oficial de tornero en una fábrica del pueblo, destacó por  su gran vocación sindicalista, comunista y sus profundas convicciones religiosas. Por ello, cuando al poco de comenzar la Guerra fue detenido por un piquete revolucionario y temía por su vida, un grupo de comunistas fueron a rescatarlo y lo salvaron de una muerte segura. El propio don Miguel recuerda con cariño que una vez terminada la Guerra pretendieron que delatara a los que lo detuvieron y quisieron matarlo, pero él se negó a hacerlo: los había perdonado a todos. Su madre, Carmen Cerezo,  fue una mujer consagrada a la familia y a sus hijos y con una gran religiosidad y amor por la Iglesia, que transmitió a sus hijos.

 

La Guerra Civil y sus horrores marcan su infancia.  Llegado el año 36 ve cómo el dolor y la miseria pueblan las calles y las familias y dejan una huella indeleble en el niño Miguel. Él mismo cuenta el recuerdo de aquella tarde de 1936 en que yendo junto a su padre, al pasar por la iglesia de Alboraia, ve cómo expulsan a los sacerdotes que se ven obligados a huir e incendian el templo parroquial. En ese momento, sin dudarlo y ante la mirada atónita de su padre, le manifiesta su intención de ser sacerdote. “- Jo també vull ser rector” le dirá, mientras este intenta apartarlo de la algarada callejera y protegerlo en su domicilio familiar.

 

Sin duda esa experiencia le marcó, junto a la persecución religiosa que antecedió a la guerra, por lo que a la edad de once años ingresa en el Seminario Menor de la calle  Alboraia,  en el actual Colegio Pío XII. Su etapa en el Menor don Miguel la recuerda con ojos de niño pillo, pues en varias ocasiones llamaron a capítulo a Miguel y a sus padres con la amenaza de ser expulsado por las trastadas que causaba en el centro. Es en el propio seminario cuando recibe la noticia de que su madre ha fallecido, en 1947. Las palabras que el sacerdote le dice cuando se lo comunican lo llenan de consuelo y esperanza: “-Tu madre no te abandonará nunca y te protegerá desde el cielo”, palabras que don Miguel guardó celosamente en su corazón.

 

Al cumplir la edad, decide ingresar en el Seminario Metropolitano de la Purísima en Moncada, finalizando su formación en el Real Colegio del Corpus Christie, en la Plaza del Patriarca. Fue ordenado sacerdote el 26 junio de 1955, y celebró su primera misa en la parroquia de la Asunción de Alboraia. Podemos decir que la formación sacerdotal de don Miguel está muy influida por la devoción a la Eucaristía, tanto por la etapa en el Colegio del Patriarca, fundado por San Juan de Ribera, como por la tradición del “Miracle dels peixets” de Alboraia, en el que unos peces rescataron de las aguas las formas que un sacerdote llevaba a un enfermo antes de morir.

 

Su primer destino fue en la parroquia de Nuestra Señora de Belén de Navalón, en la que entró el 25 julio 1956. Su estancia en esta población de la comarca de la Canal de Navarrés destaca por su posicionamiento al lado de los pastores frente al abuso del ayuntamiento de Enguera por el canon que debían pagar para pastorear sus rebaños. El ayuntamiento sacaba a concurso la explotación de los pastos de Navalón por seis mil pesetas de la época, pero esos derechos eran revendidos a los pastores, gente mayor y sin formación, por cien mil pesetas. Al enterarse, don Miguel reunió a los pastores en la parroquia de Navalón,  junto a un abogado y decidieron presentar su propia oferta ligeramente superior a las seis mil pesetas. El alcalde quiso negarse a aceptarla, pero se vio obligado a aceptarla a regañadientes. Así, los pastores pudieron ejercer su labor sin verse abocados a la ruina. Don Miguel fue denunciado por el alcalde al arzobispado por “excederse en sus funciones”,  pero lo cierto es que quien fue destituido finalmente fue el propio alcalde de Enguera.

 

No será la última  vez que se posicione junto al oprimido o al débil por defender sus derechos. Todas las tardes, junto con la maestra del pueblo, organiza clases para alfabetizar adultos y jóvenes que han abandonado la escuela, talleres de costura y hasta un grupo de teatro. Entre algunas curiosidades podemos destacar que en esta pequeña aldea trabajó por la llegada de la luz eléctrica. Su etapa en Navalón concluyó en 1959, pero a pesar de estar sólo tres años allí la huella dejada por este joven sacerdote llevó a sus vecinos a dedicarle la plaza mayor del pueblo (actual Plaza Miguel Lluch).

 

En 1959 el arzobispo de Valencia por antonomasia, don Marcelino Olaechea, le encomienda la labor de fundar la parroquia de San Fernando Rey en Valencia. La tarea es ardua, porque además de organizar la incipiente comunidad, hay que construir un templo. Para ello se valió del papel de las porteras del barrio, a las que llamó “grupo de visitadoras” al estilo de otros grupos de mujeres que luego constituirá en el futuro. Ellas le organizaban las citas con las familias de la parroquia, a las que invitaba a trabajar para constituir la comunidad y organizar la construcción del templo. Así, llegó a reunirse con más de novecientas familias y pronto comenzaron los trabajos de construcción del templo y la adquisición de un bajo para celebrar la Eucaristía.

De esta etapa recuerda con mucho cariño un Encuentro Europeo de Sacerdotes que tuvo lugar en Amsterdam. Era la primera vez que salía de España y conoció de primera mano los movimientos ecuménicos que luchan por la unidad del cristianismo. También allí tuvo contacto con los movimientos de pastoral familiar que ya circulaban por Europa, como los Equipos de Nuestra Señora del padre Caffarel. Una vez regresa, el arzobispo lo nombra delegado diocesano de Pastoral Familiar.

 

En San Fernando Rey estará nueve años, hasta que Miguel, atendiendo la llamada del arzobispo junto con otros sacerdotes valencianos, se marcha a Buenos Aires, a la diócesis de Morón, una de las más deprimidas de Argentina. Atiende las parroquias de la Medalla Milagrosa, Cristo Obrero, Madre de Dios y Nuestra Señora de Itaty. No hay nada construido y los barrios están llenos de barro, miseria y exclusión, pero el trabajo y el reto es apasionante, así que se ponen manos a la obra. Por las mañanas salen a pasear por las calles y hablan con las mujeres a las que animan a reunir a la familia y amigos para celebrar la Eucaristía, que tendrá lugar la mayor parte de las veces en la propia calle, sobre el barro o los charcos de las últimas lluvias. A partir de estas pequeñas reuniones se van creando las primeras comunidades y comienza la construcción de los templos que serán multiusos: durante la semana servirán de comedor, centro de rehabilitación de alcohólicos, catequesis, aula de alfabetización… para celebrar la Eucaristía los domingos. Así llegaron a fundar seis parroquias.

 

Pero para poder subsistir los sacerdotes necesitan tener un oficio que les permita tener un sueldo, así que comienzan a buscar trabajo en un bar como camareros,  cerca de uno de los colegios más importantes de Buenos Aires, en el que estudian también algunos hijos de altos mandos militares.  Los padres proponen a los sacerdotes que den clases en el colegio y que formen grupos de matrimonios con ellos. Son los  convulsos años que anteceden a la legalización del peronismo y la llegada por tercera vez de Juan Domingo Perón a la presidencia argentina. Pero llega el golpe y la creación de la Junta Militar. Serán estos años los más agitados en la vida de Miguel Lluch y sus compañeros sacerdotes, pues será acusado de colaboración con los comunistas y se ven obligados a esconderse de la dictadura del general Videla, salvando la vida prácticamente de milagro. La salud comienza a resentirse de tantos sobresaltos y sufre un infarto, por lo que regresa a Valencia en 1980.

 

Entonces el arzobispo de Valencia, don Miguel Roca, lo destina a la parroquia de la Asunción de Torrent, de la que tomó posesión el  26 octubre de 1980. Don Miguel siempre comenta de forma irónica que el arzobispo, después de haber estado fundado y construyendo templos durante casi treinta y cinco años, le prometió que lo mandaba a una parroquia que ya estaba construida. Lo que no le dijo es que en los treinta años en que estuviera, acometería la restauración del campanario, de las capillas del templo, de los muros y la fachada, la reconstrucción de los locales de la Casa Abadía y la modernización del cementerio parroquial, así como el actual proyecto de construcción del salón parroquial y de las viviendas y locales parroquiales.

 

Al llegar a la parroquia, y después de la experiencia de las visitadoras en San Fernando y las madres de familia en Buenos Aires, don Miguel se da cuenta de que la parroquia de la Asunción es muy grande en número de personas, pero que hay muchas más a las que llegar que no se acercan por el templo. Por ello, junto con un voluntarioso número de mujeres funda el grupo de Evangelización, que se encargará de ser la voz de la parroquia en el barrio, llevando la revista, la información sobre los horarios de actividades pastorales  o preocupándose por las necesidades de las familias y coordinándolas con Cáritas.

 

Los 80 son los años en los que la parroquia pasará de ser una parroquia anclada en estructuras del pasado a responder a los retos que planteaba el Concilio Vaticano II, gracias al esfuerzo del arzobispo Roca por  impulsar el Sínodo Diocesano y el trabajo realizado por toda la comunidad por llevarlo adelante. Surgirán así los movimientos de jóvenes o de matrimonios y adultos, se impulsará y reforzará toda la acción caritativa de la parroquia y se renovará la Liturgia y la Religiosidad Popular.

 

Pero una noche de marzo de 1988 ocurre algo que marcará la estancia de don Miguel en la Asunción: las lluvias propician el derrumbe de un pabellón del cementerio parroquial que se encontraba en muy mal estado. La situación provoca la indignación de muchas familias, así que a los daños materiales hay que sumar el dolor causado. Sin embargo, don Miguel siempre ve lo positivo en lo negativo y este desgraciado incidente –que le costará además un serio problema de salud – servirá para dotar al cementerio de una estructura y un funcionamiento que hoy hacen de él un cementerio modelo para  muchas poblaciones. Sería injusto obviar aquí la labor de don Alfonso Ibáñez, vicario de la parroquia por aquellas fechas, que supo liderar todo ese proceso de reparación, restauración y reorganización del cementerio.

 

Las celebraciones del 750 aniversario de la Carta Pobla de Torrent llevaban parejas las del 750 aniversario de la presencia de la Iglesia en esta localidad, acontecimiento que fue providencial en el trabajo por la unidad del arciprestazgo, que encontró en la Mare de Déu del Pòpul, una talla románica que había estado en el templo primitivo y que ahora se custodiaba en el Museo Catedralicio, el símbolo para reflejar esa unidad. Así, con la colaboración de Adrián Besó, hijo  de la parroquia y profesor de la Facultad  de Historia de la Universitat de València, se consiguió restituir al culto la imagen de la Virgen y entronizarla de nuevo en el altar mayor de la Iglesia de la Asunción, como ya lo hiciera siglos atrás. Las celebraciones de este aniversario tuvieron su colofón con la visita del nuncio de S. S. el Papa, Monseñor Lajos Kadja, que presidió una Eucaristía junto con el arzobispo de Valencia, Agustín García-Gasco, con una réplica del Santo Cáliz que se custodia en la Catedral de Valencia.

 

Pero si por algo hay que destacar su labor en estos años, no es sólo por las obras, ni por la recuperación de la imagen de la Mare de Déu del Pòpul, o la restauración de los Ribaltas. Sin duda es su vocación por los más necesitados: el impulso que dio a Cáritas atendiendo a la recomendación del Sínodo, la acogida a los inmigrantes con la Comisión de Acogida al Inmigrante, cuyos frutos vemos, por ejemplo, en el Centro de Día del Inmigrante, la integración de todos los colectivos en la pastoral parroquial, el acercamiento al mundo cultural y festivo con la especial atención a las fallas –como motores primeros de la integración en nuestros barrios- y la fiesta de los Moros y Cristianos –con la participación de las comparsas en el pregón y el donativo a Cáritas o en la Eucaristía y la Procesión de los Santos Patronos-.

Don Miguel es ante todo, un sacerdote, que hace bueno aquello de “con vosotros, cristiano, para vosotros, sacerdote”. Quienes lo conocen destacan de él su integridad, su constancia y su firmeza en la defensa de los valores cristianos en este mundo en el que prima el relativismo.

 

Es un hombre que vive su vocación de servicio a la comunidad y a su parroquia las 24 horas del día los 365 días del año. Un sacerdote siempre preocupado del más débil, del más desfavorecido. Un hombre de Dios.

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